"Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lucas
23: 43)
SEGUNDA PALABRA
La crucifixión era, usualmente, el medio público del imperio romano para
exponer al condenado a una muerte característicamente lenta, horrible y
extremadamente cruel. Esta era reservada para los criminales más inmorales, perversos
y despreciados, para los considerados inmundos. Los métodos de crucifixión eran muchos; pero el fin era el mismo, el repudio. Hay innumerables hallazgos arqueológicos de crucifixiones, pero los más grandes expertos coinciden en que la crucifixión de Cristo fue muy diferente a las acostumbradas. La evidencia histórica señala que Jesús de Nazaret fue el único muerto en cruz que fue azotado, coronado de espinas, apaleado y humillado antes de su crucifixión. Este es el “Escándalo de la Cruz de Jesucristo”, más de dos mil años después, muchos siguen viviéndolo sin lograr comprender su significado.
En la primera Carta a los Corintios (1:22-24), el Apóstol Pablo señala
que: «Los judíos quieren ver señales milagrosas, y los griegos buscan
sabiduría; pero nosotros anunciamos a un Mesías crucificado. Esto les resulta
ofensivo a los judíos, y a los no judíos les parece una tontería; pero para los
que Dios ha llamado, sean judíos o griegos, este Mesías es el poder y la
sabiduría de Dios».
Tristemente he escuchado a algunos pastores, ministros, presbíteros y a
otros; decir que no podemos predicar este mensaje porque la gente no lo
entiende y se asustan, que solo debemos hablar de la resurrección. Pero, a mi
entender, uno no puede ir separado del otro; porque representa la gran
esperanza que como cristianos tenemos del gran amor de Dios por nosotros.
Vemos sobre el Gólgota tres cruces, dice el Evangelio que junto a Jesús,
fueron crucificados dos malhechores. (Lucas 23:32). En ellas se encuentran tres
hombres condenados a muerte por otros hombres; sin embargo, cada uno moría por
causas distintas, podríamos decir que agonizando de forma imprevista.
Conocemos que Jesucristo es de naturaleza humana y Divina, por lo que
ya, en sí y por sí mismo, se encontraba en Gracia. Uno de ellos, pese a
encontrarse en trance de muerte, no logra la reconciliación con Dios. Su
maldad, su corazón endurecido, no le permite ver la Gracias que se le ha
concedido de ser testigo y protagonista de la obra redentora de Cristo; en la
que por Él todos hemos sido llamados a la salvación. Como muchos de nosotros; ese
era un hombre enojado, rebelde, que gritaba de rabia contra todo y contra el
mismo Jesús ― contra quien blasfemaba.
Podemos vernos a nosotros mismos en este hombre desesperado, cuando no
sabemos sufrir con paciencia y culpamos a Dios de todo. El Señor había dicho: «Dichosos
los sufridos porque ellos heredarán la tierra». Pero nos dejamos llevar por el dolor
y el sufrimiento, nos vencemos con facilidad ante ellos. Para este iracundo
hombre, su dolor le sirvió de condena.
Pero, el otro hombre se sintió conmovido ante Jesús, lo vio lleno de una
paz que no era de este mundo. Lo vio lleno de mansedumbre, distinto de todo lo
que hasta entonces había conocido; incluso escuchó al Señor cuando pidió perdón
para aquellos que lo masacraron.
Tal fue su comprensión del gran misterio ante el que se encontraba; que
reprendió a su compañero, diciéndole: « ¿No tienes temor de Dios, tú que estás
bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, porque
estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho; pero este hombre no
hizo nada malo.» (Lucas 23:40-41).
En esa hora última, recordó que había un Dios al que se puede pedir paz,
igual que los pobres pedían pan a la puerta de los señores. Y le hace esta
súplica, sencilla y humilde, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando
estés en tu Reino”. ¡Qué mucho confiamos en las cosas del mundo, y qué poco recordamos
las de Dios!…
Jesús volvió la cabeza para decirle: “Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo
en el Paraíso”. Jesús no promete nada mundano, Él promete el Paraíso para aquel
mismo día; el mismo Paraíso que ofrece a todo quien cree en Él. No solo ofrece
una nueva vida en el Paraíso, sino que ofrece una nueva vida en Su compañía.
Para el llamado buen ladrón el arrepentimiento y la cruz fueron los medios para
su salvación, por medio de estas palabras "nace una esperanza".
En muchas ocasiones he pedido de ustedes que se unan en oración por
aquellos que sufren de muerte imprevista, he aquí la base bíblica y teológica
para que yo les haga tal petición. Porque sabemos que hay oportunidad de
salvación en Cristo, aun en ese último instante de vida. Y qué dicha tan grande
tiene que ser el encontrarnos con Cristo cuando ya nos toque abandonar esta
casa terrena. Es por esto de la insistencia de mi petición, porque son muchos
los que se marchan de este mundo sin tener quien los guíe a encontrarse con
esta esperanza de la vida en el Paraíso. Esta corta oración, que no te quitará
mucho de tu tiempo, puede hacer la diferencia para que muchos mueran al mundo para
vivir en la Gracia del Señor.
Ahora les pido que repitan conmigo tres veces: «acuérdate de nosotros ahora que tú estás en tu reino».
«QUE EL SEÑOR NOS BENDIGA Y NOS GUARDE»
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