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Maná del Cielo

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viernes, 13 de abril de 2018


"Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lucas 23: 43)
SEGUNDA PALABRA

La crucifixión era, usualmente, el medio público del imperio romano para exponer al condenado a una muerte característicamente lenta, horrible y extremadamente cruel. Esta era reservada para los criminales más inmorales, perversos y despreciados, para los considerados inmundos. 
Los métodos de crucifixión eran muchos; pero el fin era el mismo, el repudio. ‎Hay innumerables hallazgos arqueológicos de crucifixiones, pero los más grandes expertos coinciden en que la crucifixión de Cristo fue muy diferente a las acostumbradas. La evidencia histórica señala que Jesús de Nazaret fue el único muerto en cruz que fue azotado, coronado de espinas, apaleado y humillado antes de su crucifixión. Este es el “Escándalo de la Cruz de Jesucristo”, más de dos mil años después, muchos siguen viviéndolo sin lograr comprender su significado.
En la primera Carta a los Corintios (1:22-24), el Apóstol Pablo señala que: «Los judíos quieren ver señales milagrosas, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros anunciamos a un Mesías crucificado. Esto les resulta ofensivo a los judíos, y a los no judíos les parece una tontería; pero para los que Dios ha llamado, sean judíos o griegos, este Mesías es el poder y la sabiduría de Dios».
Tristemente he escuchado a algunos pastores, ministros, presbíteros y a otros; decir que no podemos predicar este mensaje porque la gente no lo entiende y se asustan, que solo debemos hablar de la resurrección. Pero, a mi entender, uno no puede ir separado del otro; porque representa la gran esperanza que como cristianos tenemos del gran amor de Dios por nosotros.
Vemos sobre el Gólgota tres cruces, dice el Evangelio que junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores. (Lucas 23:32). En ellas se encuentran tres hombres condenados a muerte por otros hombres; sin embargo, cada uno moría por causas distintas, podríamos decir que agonizando de forma imprevista.
Conocemos que Jesucristo es de naturaleza humana y Divina, por lo que ya, en sí y por sí mismo, se encontraba en Gracia. Uno de ellos, pese a encontrarse en trance de muerte, no logra la reconciliación con Dios. Su maldad, su corazón endurecido, no le permite ver la Gracias que se le ha concedido de ser testigo y protagonista de la obra redentora de Cristo; en la que por Él todos hemos sido llamados a la salvación. Como muchos de nosotros; ese era un hombre enojado, rebelde, que gritaba de rabia contra todo y contra el mismo Jesús ― contra quien blasfemaba.
Podemos vernos a nosotros mismos en este hombre desesperado, cuando no sabemos sufrir con paciencia y culpamos a Dios de todo. El Señor había dicho: «Dichosos los sufridos porque ellos heredarán la tierra». Pero nos dejamos llevar por el dolor y el sufrimiento, nos vencemos con facilidad ante ellos. Para este iracundo hombre, su dolor le sirvió de condena.
Pero, el otro hombre se sintió conmovido ante Jesús, lo vio lleno de una paz que no era de este mundo. Lo vio lleno de mansedumbre, distinto de todo lo que hasta entonces había conocido; incluso escuchó al Señor cuando pidió perdón para aquellos que lo masacraron.
Tal fue su comprensión del gran misterio ante el que se encontraba; que reprendió a su compañero, diciéndole: « ¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, porque estamos pagando el justo castigo de lo que hemos hecho; pero este hombre no hizo nada malo.» (Lucas 23:40-41).
En esa hora última, recordó que había un Dios al que se puede pedir paz, igual que los pobres pedían pan a la puerta de los señores. Y le hace esta súplica, sencilla y humilde, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. ¡Qué mucho confiamos en las cosas del mundo, y qué poco recordamos las de Dios!…
Jesús volvió la cabeza para decirle: “Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús no promete nada mundano, Él promete el Paraíso para aquel mismo día; el mismo Paraíso que ofrece a todo quien cree en Él. No solo ofrece una nueva vida en el Paraíso, sino que ofrece una nueva vida en Su compañía. Para el llamado buen ladrón el arrepentimiento y la cruz fueron los medios para su salvación, por medio de estas palabras "nace una esperanza".
En muchas ocasiones he pedido de ustedes que se unan en oración por aquellos que sufren de muerte imprevista, he aquí la base bíblica y teológica para que yo les haga tal petición. Porque sabemos que hay oportunidad de salvación en Cristo, aun en ese último instante de vida. Y qué dicha tan grande tiene que ser el encontrarnos con Cristo cuando ya nos toque abandonar esta casa terrena. Es por esto de la insistencia de mi petición, porque son muchos los que se marchan de este mundo sin tener quien los guíe a encontrarse con esta esperanza de la vida en el Paraíso. Esta corta oración, que no te quitará mucho de tu tiempo, puede hacer la diferencia para que muchos mueran al mundo para vivir en la Gracia del Señor.
Ahora les pido que repitan conmigo tres veces: «acuérdate de nosotros ahora que tú estás en tu reino».
«QUE EL SEÑOR NOS BENDIGA Y NOS GUARDE»
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